Expresión en el plano

En la expresión en el plano, queremos simplemente ordenar los géneros artísticos por una mera cuestión didáctica. Ya hemos señalado que una de las prioridades de nuestra manera de entender el arte es la porosidad, entendida como la capacidad de las disciplinas de interpenetrarse y contaminarse creativamente. No pretendemos, por tanto, establecer categorías universales o transhistóricas, como las definió Rosalind Krauss en su célebre reflexión sobre las “categorías en crisis” del arte moderno. Muy al contrario, asumimos que el artista está inevitablemente condicionado por su marco histórico y cultural, y que el nuestro es el de la “cultura líquida”, donde predominan la velocidad y la lógica paradójica de la no visión, conceptos formulados por Paul Virilio para describir la tensión entre imagen, tecnología y percepción.

Aunque el término alegoría provenga de la retórica textual —y por tanto no sea del todo adecuado para ser exportado al universo de la imagen, más holístico que lineal—, como señaló el Grupo µ, sigue siendo un recurso de enorme potencia semiótica. Desde Rudolf Arnheim, con su vuelta a la problemática del Laocoonte y la expresión visual, hasta Douglas Crimp o Hal Foster, diversos teóricos han subrayado la necesidad de que el arte contemporáneo recupere lo humano, los mitos, los valores, los ideales y los sentimientos que se disuelven en esta cultura de la cosificación y la crisis múltiple.

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En la imagen que presentamos; no pretendemos, en modo alguno, comparar nuestro trabajo con el de estos artistas a los que admiramos y tomamos como referentes ejemplares, sino simplemente ayudar al lector a comprender nuestras motivaciones. En la parte superior, hemos reinterpretado el mito del arcángel Gabriel, quien, dentro de la jerarquía celestial, ocupaba el rango más elevado. Lo concebimos como un “semióforo”, una luz defensora, un guerrero espiritual que guía el espíritu extraviado.

Artistas como el genial Juan Muñoz, en su distopía del tren, o Richard Deacon, con su exploración artesanal de los materiales y de la forma, han investigado las fuerzas que constriñen el espacio y estrangulan la forma en el umbral del caos, retomando así el mito de Laocoonte desde una sensibilidad contemporánea. Es cierto que Deacon ha derivado en etapas más recientes hacia una preocupación eminentemente formal, donde las formas barrocas alcanzan un cierto paroxismo escultórico.

En nuestro caso, la pintura, sin abandonar la figuración —una auténtica retórica iconoplástica—, como puede observarse en la parte inferior de la imagen, se compone de más de ochenta dibujos de rostros y fragmentos de otros cuadros. Mediante un proceso de adición y acumulación, se genera una archiforma caótica, donde la línea no solo representa la realidad, sino que revela el proceso mismo de su representación.