Dibujo: pensamiento, trazo y mediación.
El dibujo, por su inmediatez y carácter primario, nos ha permitido reflexionar sobre las problemáticas abordadas en otros medios —como la pintura, la escultura, el videoarte o la instalación—. A través de él exploramos cuestiones vinculadas con la mirada del espectador, la mirada en el doble cono lacaniano, las relaciones de poder y el panóptico, la naturaleza, el otro —femenino, masculino o cultural—, así como la fe, la religión, las instituciones y las diversas formas del fascismo, entre otros temas.
Nuestra práctica del dibujo incorpora tanto procedimientos manuales como mecánicos. Dibujamos de manera “globoculizada” y, a la vez, empleamos estrategias como el ready-made, el frottage, el calco o la proyección, entendiendo que estas técnicas amplían el campo del dibujo contemporáneo. En este sentido, seguimos una tradición que se remonta al Paleolítico, cuando el artista soplaba pigmento sobre su mano para dejar su huella como índice sobre la pared; o al Renacimiento, con la invención y el uso de dispositivos ópticos como, la retícula, el espejo, la cámara oscura, la clara o el pantógrafo.
Empleamos, por tanto, tanto recursos mecánicos como procedimientos manuales, pues entendemos que, sin un pensamiento que dirija la mano, no hay dibujo posible. Consideramos el dibujo como una forma de interpretación —directa o mediada— de la realidad, sustentada en significantes ya impresos o proyectados. Como el lector podrá advertir, nuestra aproximación se nutre de la semiótica y de los estudios de cultura visual, en diálogo con planteamientos como el retorno de lo real en Hal Foster o la relectura crítica de la figura retórica alegórica en Douglas Crimp.



















