En la expresión en el espacio, al igual que en el plano, subrayamos la importancia de los bordes: la semiótica del límite, entendida tanto en su dimensión formal como social. Cada medio posee, por supuesto, sus propias características; sin embargo, podemos observar cómo la sustancia de la forma se transcribe en la materia, ya sea plana o tridimensional, generando una continuidad perceptiva entre ambos territorios.
Coincidimos con Douglas Crimp en que la originalidad o el acto creativo del artista único es, en realidad, un mito. Todo lo que el ser humano ha producido es fruto de la cultura, de la mancha colectiva, de los procesos sociales de aprendizaje que, como señaló Lev Vigotsky a comienzos del siglo XX, estructuran la mente y el pensamiento a través de la interacción.
En el proceso creativo, por tanto, no se trata de inventar desde la nada, sino de reordenar lo existente, de articular los signos y las formas de manera que trasciendan la materia para manifestar lo inesperado, tal como sugería Roland Barthes en su noción del texto como tejido de citas: una red de sentidos donde lo nuevo emerge de la reconfiguración.
Solo basta recorrer ferias de arte, galerías o bienales para constatarlo: nada es completamente nuevo en sí mismo. Lo que un artista verdaderamente “creativo” hace es reordenar lo aprendido, desplazarlo hacia una configuración alotópica, inesperada o retórica, capaz de expresar con mayor intensidad lo real.
En este camino, la belleza, la técnica, los procedimientos y los géneros artísticos quedan subordinados a la propuesta conceptual, a la adecuación y a la capacidad de dar forma visible a nuestro marco histórico. Como ya indicamos en los textos elaborados junto al Colectivo Arte90, el arte, en este sentido, puede concebirse como un semióforo: un portador de signos, una luz que preserva y transmite sentido en medio del caos comunicativo contemporáneo.
En la imagen superior se presenta un dibujo de la escultura del Laocoonte, acompañado de una escultura propia titulada Laocoonte. En ella, la serpiente reaparece como símbolo del castigo divino, una metáfora del desequilibrio entre humanidad y naturaleza, del incumplimiento del mandato esencial del respeto por la vida y por el entorno materno que nos sostiene: la Pachamama de las culturas originarias americanas. Nuestro mundo, en esta lectura, se percibe amenazado y constreñido —como la forma esférica y reflectante de la obra— por los materiales plásticos y el PVC, productos paradigmáticos de la sociedad de consumo que asfixian la vitalidad del planeta.
De manera análoga, en la escultura “Puentes” retomamos el problema de los “no lugares”, concepto formulado por Marc Augé para describir los espacios despersonalizados de la modernidad —aeropuertos, carreteras, centros comerciales—. En nuestra pieza, el hormigón, uno de los materiales más utilizados y contaminantes, se convierte en símbolo de esa realidad vacía y serializada.
Un conjunto de fotografías repetidas, segmentadas y dispuestas como una serpentina, apoyadas directamente sobre el suelo, construyen una forma tridimensional del vacío: un ready-made contemporáneo que evoca las obras de los artistas de mediados del siglo XX que exploraron la banalidad de lo seriado, la repetición y el vacío existencial como síntomas de una cultura saturada de imágenes, un verdadero virus visual que nos rodea y nos constituye.
